4 sept. 2015

A NORMA



Ya estamos a viernes de nuevo. El tiempo corre rápido mientras el lagarto sin prisa alguna, lee plácidamente bajo el sol veraniego historias remotas, esculpidas en las rocas por el viento. Y ese niño de ocho años al que una noche deslumbraste sigue soñándote.  Su inocente cerebro infantil no era capaz de procesar entonces de qué se trataba aquella extraña corriente interna que alteraba a borbotones su pequeño corazón. Sólo sabía que por alguna causa desconocida, su estómago se encogía al imaginarte. 

No existían para él  pormenores o condicionantes sexuales, pero soñaba con acariciar tu cara y que tú acariciaras la suya;  que tomaras su diminuta mano y te  lo llevases con ella a cualquier parte, algún lejano planeta donde nadie os viera y pudiera sentirse a salvo de las risas y burlas de la gente, a las que ¡Ay inocente! Cometió el error de contarles sus sentimientos hacia aquélla mujer increíble que veía por las noches en la televisión. No sentía apetencias eróticas, evidentemente, más se moría por meter la carita entre tus pechos y dormir así durante toda una eternidad. Sus mayores deseos no eran desnudarte, excitarte y hacerte el amor… No, en absoluto, no era un chaval tan precoz.  La atracción que le producías era muchísimo más vital e importante que todo eso, e infinitamente más extraordinaria que una simple y vulgar erección adulta. No sé si debía corresponderle o no,  ni mucho menos por qué le sucedía a él, o si le habría pasado algo similar a otros niños de su edad;  si se trataba de algún tipo de patología mental, o hasta de algún misterioso hecho paranormal. Fuese lo que fuese estaba conociendo el significado de la palabra AMOR en toda su extensión; y pese a que se trataba de un mocoso de ocho años,  podía expresar muy clarito todo aquello que hervía dentro de su pequeño cuerpecillo. 

Por fortuna, sus padres, al ver tan desorbitado interés en contemplar tu filmografía, no le prohibieron disfrutarla ante la pequeña pantalla en blanco y negro. Se emitía en aquellos tiempos un ciclo temático sobre tus películas; esa fue la llamada  que le hiciste; a la que jamás faltó puntualmente, no importaba si se caía de sueño o no; era observar tu rostro y todo se diluía, sólo existías tú, nada más le importaba.
¿Cómo podría reconocer un chiquillo de tan corta edad un enamoramiento tan enorme? 

Y como la curiosidad de un niño es infinita, quiso saber todo sobre ti, pues siempre te tenía presente en la cabeza. Durante un largo tiempo perdió apetito, aparcó sus juegos favoritos,  las notas de su cartilla escolar bajaron la puntuación de forma alarmante y dejó las correrías y las travesuras con sus amigos, porque tu esencia era tan profunda y poderosa que durante todos los días se dedicaba a investigar sobre ti para encontrar esa señal, esa prueba fehaciente de que en alguna parte del planeta existías, que eras una mujer normal, palpable, de carne y hueso como él. Y por lo tanto cabía siempre la fantástica posibilidad de poder un día llegar a encontrarse contigo en persona ¿Era acaso tan difícil soñar cualquier cosa por compleja e inverosímil que pareciese para una pequeña persona que acababa de hacer la Comunión vestido de marinero con un misal entre las manos?

No, no existía Google; por desgracia; así que su trabajo investigador resulto mucho más artesanal, rebuscando, por ejemplo, entre las montones de revistas atrasadas que se apilaban sobre  la mesa de la peluquería a la que acudía su madre cada semana; la cual  veía con estupor como de un tiempo a esa parte ponía especial interés en acompañarla.  Era decir  —“Me voy a la pelu, que se me hace tarde”—  y el nene se arreglaba rápidamente, atusaba su flequillo y se agarraba a la mano de su mamá  — Voy contigo mami —  Hojeaba también libros sobre cine que encontraba en las estanterías de librerías o de los grandes almacenes o coleccionaba recortes de prensa en los que aparecías. La obsesión del chico fue tal que cuando supo el perfume que usabas le faltó tiempo para disimuladamente abrir en una tienda un frasquito y rociarse con él.  De esta manera conoció y convivió con tu fragancia durante días, hasta que su madre, ya harta, le obligó a sumergirse en la bañera casi a la fuerza.

Y así fue pasando el tiempo hasta que sus investigaciones llegaron a la parte más horrible, cuando topó con una revista en la que se relataban muy gráficamente los pormenores de tu muerte;  muchísimos años antes de que él te conociera. La tristísima decepción dio paso a una desazón inconsolable que se hizo dueña de su alma. En esos momentos pensaba en ti y sólo conseguía humedecer rápidamente sus ojos, anegando de lágrimas  sus ilusiones infantiles.  

Sin saberlo; y ni tan siquiera llegar a sospecharlo, con tan sólo ocho años de existencia estaba ya conociendo la cara menos amable del amor, la del sufrimiento; el insoportable dolor del hombre enamorado; consciente de que esa mujer extraordinaria que forjó en su cándida mente pueril no existía ya físicamente, lloraba y lloraba sumido en la impotencia de la melancolía; a sabiendas de que jamás se cumpliría su gran anhelo, el sueño obsesivo de llegar a conocerte, agarrar tu mano y darte un sutil besito en la mejilla.

Copyright © 2015 Max Piquer   Reservados todos los derechos



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