1 jun. 2015

SOLO PARA TUS OJOS


La 1:30 de la tarde, como siempre luchando contra el reloj, deseoso de encontrar ese agujero en el tiempo que me permita dar a un respiro a mí cansado cerebro. Unos minutos, tan solo unos minutos serán suficientes para recomponer ideas, dar un respiro al cuerpo y un poco de relax a la mente. Una pequeña parada antes de regresar a este nuevo trabajo que a fuerza de novedad, me parece ya demasiado viejo.
En estas reflexiones me hallaba, cuando una inoportuna lucecita me recordó lo que en esos instantes me parecía irrecordable. Mi gran amiga Esther, compañera de juegos infantiles, sentimientos, risas infinitas y también amargos momentos, me había invitado el día anterior amablemente a su fiesta de cumpleaños. ¡Mierda! había olvidado absolutamente que tenía esa cita ineludible esa misma noche y estúpido de mi, no le había comprado regalo alguno.
Joder, miro el reloj y me ofusco. Todos los comercios cerrados, solo me quedaría la opción de acudir a los almacenes del múltiple triangulito. La opción no me seducía en absoluto en esos momentos. Es un lugar que me agobia pero no me quedaban muchas más opciones; además soy nefasto para elegir regalos y menos aún empujado por las prisas. Camino pensativo por la acera mientras contemplo distintos escaparates. Era evidente que en una zona de alta alcurnia como aquella, los distintos comercios emparejaban a la perfección con la supuesta elegancia del barrio y también con los precios que ofertaban por cierto. Me paré instintivamente ante una tienda que exhibía sugerentes modelos de lencería. Ese sería un regalo siempre apreciado por una mujer y conociendo a Esther, sin duda resultaría de su agrado (aunque desconozco sinceramente si a su marido le parecería muy adecuado el regalito).
De pronto, un infernal ¡¡Raaaassss!!! me deshace el oído a mí y a una pobre ancianita que casualmente pasaba a mi lado. La dependienta de la tienda forcejeaba con el pesado cierre para dar por finalizado el trabajo mañanero. Me acerco y le ayudo a bajar la persiana metálica en su totalidad. Me mira, regala un tímido "gracias" de amable sonrisa y se agacha con elegancia para echar el cerrojazo definitivo con llave de por medio. Me quedo absorto contemplando los bonitos muslos que mostraba al mantener esa postura que por sexy y espontánea, se me antojaba muy sugerente.

—¡Lástima que estés cerrando! por favor, tengo que hacer un regalo y carezco de tiempo. Se trata de un compromiso importante y no puedo quedar mal, no tardaré mucho—

Su bonito rostro (cabello castaño recogido en elegante moño, exquisita nariz, labios carnosos, delicados y cierta tristeza en la mirada) se volvió hacia mí, quedó unos segundos pensativa y contestó con dulzura y gentileza, al tiempo que se incorporaba.

— Me pillas un poco hambrienta (dijo sonriendo), pero si no tardas mucho en elegir o tienes una idea más o menos clara de lo que quieres, puedo abrir la tienda de nuevo y atenderte—.

¡Justo lo que deseaba mi imaginación!, Tal vez a partir de ese instante, el día daría un giro de 180 grados. Lo cierto es que me vi salvado, como el náufrago que avista tierra sin esperarlo.

— Si me lo permites, conozco un restaurante a una manzana de aquí que sirve una
excelente comida. Son amigos y me prepararán algo para que podamos picar mientras elijo el regalo ¿Te apetece? —

Volvió a quedarse unos segundos pensativa y finalmente asintió con
 la mirada.  Subí el cierre de la puerta, entró en el establecimiento y me rogó que tardara lo menos posible en volver con las viandas. Cuando regresé, el interior de la tienda me impactó bastante, No era el típico comercio estándar, impersonal; rezumaba glamour y elegancia por las paredes. Incluso en el fondo del local había un amplio sofá de piel flanqueado por sendos sillones a juego y una bonita mesa en el centro, coronados por una gran lámpara tipo “araña” que aportaba majestuosidad al ambiente. Me senté en uno de los sillones, ella lo hizo frente a mí mientras nos disponíamos a dar buena cuenta de una docena de ostras,
ensaladas de frutas, empanadillas de carne y aquella botella de Don Perignon que tenia reservada mi amigo el chef para alguna buena ocasión. Y ésta, se me antojaba inmejorable.

— Mejor no encender luces, no quiero que nadie sepa que estamos aquí. Se supone que la tienda está cerrada — me dijo— Me parece perfecto— asentí, mientras abría el tapón de la botella intentando hacer el menor ruido posible. Sacó su teléfono e hizo una llamada al tiempo que soltaba su cabello, exhibiendo una preciosa melena ondulada.

— Hola cariño, no me esperes… tengo problemas con unos albaranes y me quedaré a comer algo por aquí cerca. Tienes comida en el frigo, sólo tienes que calentarla. Ciao un beso cielo.

Al ritmo que marcaban nuestras miradas, cada vez más cómplices, cada vez más sugerentes, brindamos, charlamos, reímos y un rayo de pasión contenida pareció atravesarme. Intuía que a ella le ocurría algo similar.

— Bueno... (dijo de pronto, rompiendo uno de mis acostumbrados silencios), ¿A quién irá destinado el regalo? ¿Tu mujer?...ufff discúlpame, creo que el champagne se me ha subido un poquillo a la cabeza — (sonríó)

— Eres una mujer de mucha clase, salta a la vista— (le respondí). Así que recomiéndame algo... algo que a tí te gustaría que te regalasen. ¿Te parece?—

Asintió, guiñándome un ojo. Copa en mano se dirigió hacia un mueble de múltiples cajones, extrayendo una caja grande con bonitos colores y atractiva apariencia.

— ¿Qué te parece este conjunto de sujetador, corpiño, tanga y liguero? Acaba de llegar y particularmente, me parece irresistible mmm… Mira que preciosidad, qué tacto. Es de "Luxxa", una firma francesa; me encantan sus diseños y además no están mal de precio.
¿Qué talla usa tu mujer?—

—Mi amiga— contesté rápidamente, (la situación acompañada de vapores etílicos me empezaba a poner un poco cardíaco y decidí tirar para adelante y lanzarme de cabeza a la piscina (cuando esto ocurre ni mi natural timidez es capaz de detenerme, me pierdo)

— ¿Talla? Pues… no sé, ella es bastante parecida a ti, pero me resulta difícil hacerme una idea sin verlo puesto.


Las miradas se fundieron en complicidad, se acercaron nuestras pupilas, que por momentos, parecieron tocarse. Un cosquilleo emergió, una especie de ansiedad que me indicaba que algo importante iba a suceder. Sé que a ella también le ocurrió lo mismo, lo sé.
Tomó las prendas y se dirigió a la trastienda. No sé si pasaron segundos, minutos u horas pero tuve tiempo de apurar la botella y fumar un cigarrillo mientras esperaba con lascivia el momento de su aparición. En primer lugar, lentamente, surgió la silueta de su cuerpo sombreando el suelo enmoquetado para dar paso a la ilusionante visión esperada. ¡Estaba preciosa!,¡Espectacular! Su cuerpo era delicado, curvas espléndidas, pechos prominentes, proporcionados, su ombligo se me antojaba una golosina, las caderas simplemente divinas, anchas, muslos potentes y piernas sin final. Su sexo se adivinaba pícaramente bajo el tanga. Comencé a excitarme al tiempo que la observaba y disfrutaba de la visión con suma atención.

— ¿Te gusta?— dijo con esa dulzura pícara que utilizan las mujeres cuando deciden conquistar el mundo.

—Ummm delicioso, delicioso— contesté (no supe elegir otro adjetivo para definirlo).
Dentro del morbo y deseo que me estaba produciendo, quise disfrutarlo a tope, le pedí que se diese la vuelta, que combinara poses, que me mostrase cada rincón, cada detalle como si de una sesión fotográfica se tratara. Y lo hizo ¡Vaya si lo hizo! Un perfecto desfile particular para mis ojos.

— Quizás ahora prefieras verlo...sin sujetador; para hacerte mejor a
la idea...

Comenzó a quitárselo muy despacio, como si efectuara un espectacular streaptease, sin pudor, encendiéndome, haciendo a mi sexo hervir, crecer y desear el de esa maravillosa mujer que se ofrecía ante mis atónitas pupilas. Sus ojos suplicaban amor y sus pezones atención y cuidados. Me levanté del sillón como impulsado por un resorte, la tomé con fuerza de la cintura y besé su labios. Ella se dejaba hacer, aferrándose a mi, rozando mi nuca con las uñas. Su piel era suave como algodón, sus nalgas se convertían en una bendición divina para el sentido del tacto y deseaba poseerla con insoportable impaciencia. La recosté sobre el sofá y tras besarla de nuevo, deslicé las palmas de mis manos desde su cara, manoseando sus senos, su cintura, su vientre hasta encontrar el tanga que me impedía llegar a su vagina semi oculta por el delicado tejido que lo guardaba.
Con parsimonia, reprimiendo mi voracidad, lo bajé cuidadosamente hasta hacerlo caer resbalando por sus finos tobillos. Finalmente tenía frente a mí su deliciosa vulva rasurada en todo su realce. Los labios vaginales grandes, húmedos, jugosos parecían querer hablarme, contarme mil historias a cual más tórrida, más lasciva, más sentimental.  Un auténtico lujo que besé con ternura primero... para pasar a saborearlo después; al tiempo que sus jadeos y suspiros me enloquecían más y más. Necesitaba hacerla feliz. Que se retorciera de placer al sentir gritar su clítoris violado por la punta de mi lengua. Me desnudé a toda prisa y puse el pene en su mano. Lo agarró sin dudarlo y tras calibrarlo detenidamente, me pidió que la penetrara ofreciéndome un preservativo que sacó de su bolso. Tras colocarlo en mi miembro con singular maestría, sin pensarlo dos veces, le separé las piernas delicadamente y me hundí en su cuerpo, gozando su calor, al ritmo que dictaban nuestros corazones. No importaba nada, solo placer, emoción, pasión, deseo, caricias, besos, mordiscos, todo sencillo con la poesía de su cuerpo y el movimiento rítmico que nos llevaba con premura hacia el orgasmo más extraordinario. Compartimos el mismo sentimiento, el mismo placer que nos dejó exhaustos haciéndonos caminar sobre algodonales cósmicos.

— Gracias por todo; por la rica comida, la agradable compañía y sobre todo por hacerme sentir tan feliz, tan deseada — dijo perdiendo la mirada en el suelo con tristeza—.

No supe que contestarle, solo acerté a sonreír y despedirme besando la mano de esa mujer encantadora que, con paso acelerado, desaparecía de mi vista. Salí muy satisfecho y pletórico de aquella tienda mágica. Miré el reloj, llegaba tarde al trabajo pero sinceramente, me importaba una mierda porque continuaba flotando, en éxtasis total. Todo me parecía increíble pero como prueba fidedigna llevaba bajo el brazo un bonito presente para mi querida amiga, el corazón agitado, fragancia a "Ô de Lancôme" y un inquieto regusto melancólico presente en el cerebro y la entrepierna. Una especie de "enamoramiento express" que vibraba en el estómago combinado con unas ganas locas de volver a verla y sentirla; pero mi sexto sentido (fiel compañero que no suele equivocarse) me aconsejaba desistir totalmente de la idea y simplemente disfrutar de su recuerdo. Hay cosas que no se deben alterar ni mucho menos insistir en ellas ni forzarlas. Sorpresas que de vez en cuando te regala la vida;  y no debemos preguntarnos el porqué. Tampoco deben contarse. o alardear, pues no se debe perder el respeto ni enojar al destino.  Al fin y al cabo a nadie le importa ni nadie lo creería. ¿Qué más da?

Copyright © 2014 Max Piquer


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