5 jun. 2015

SESIÓN DE TARDE



La sala se va llenando, una amalgama de murmullos en crescendo acompaña el sonido de múltiples pisadas sobre el largo pasillo del patio de butacas. Leves crujidos de madera, pisadas firmes y tacones de aguja que parecen clavarse en el suelo. Con sus entradas en la mano, la gente espera con impaciencia la llegada del acomodador que les indique la butaca correspondiente; mientras los menos pacientes buscan las suyas por su cuenta y riesgo. El aroma de ambientador cutre enmascara una gran diversidad de fragancias femeninas y masculinas, palomitas de maíz y goma de mascar. Inconfundible olor a tarde de domingo. Las luces se apagan lentamente mientras los cortinajes dejan ver la blanca palidez de la pantalla, que por arte de magia comienza a exhibir imágenes. Suena una música tranquila. Tengo calor. Súbitamente algo comienza a serpentear en mi interior, algo salvaje que me hace estremecer. Intento acomodarme de nuevo en la butaca. Sin querer, toco con la pierna levemente la del hombre que está sentado a mi derecha, no sé porqué; pero siento un escalofrío. No parece haberle dado mayor importancia, sin embargo a mi me ha gustado ese contacto. Me está excitando muchísimo la idea de “ser mala” durante un ratito en mi vida, en la que siempre flotó en mi mente el fantaseo de llevar a cabo alguna travesura prohibida. Sé que esta es la ocasión. La oscuridad es mi motivación y mayor aliada. Me asombra mi osadía, pero quiero hacerlo de nuevo, necesito provocarlo, ver hasta donde es capaz de aguantar. Me está mirando de reojo, puedo sentirlo, está pendiente de mí. Dejo caer el bolso y al recogerlo finjo perder algo de equilibrio y permito que mi mano se pose veladamente sobre su muslo. Me gustaría seguir hasta la entrepierna, adivinar lo que oculta; pero me contengo, no quiero asustarle ni atosigarle, no todavía. Nos miramos, pero el velo de las sombras nos borra el semblante. Poco importa, las tinieblas alimentan la pasión y nublan el entendimiento. Me acomodo, busco el reposabrazos y dejo que la mano descanse distraída unos segundos sobre la suya. Es cálida y suave. Acalorada, retiro mi bolso de las rodillas, lo dejo a un lado. Ahora siento las piernas libres y vulnerables. Con la sutileza de una bailarina árabe, me recoloco las medias, las estiro con sumo cuidado hasta la ingle. La falda parece volverse invisible, no la necesito, desearía en este momento estar desnuda porque así nos sentimos yo y mi vergüenza. De repente comienzo a notar un dedo tímido que medio disimulando me recorre la pierna ascendiendo desde la rodilla. Se me eriza la piel. Ha recogido el testigo, lo cual me satisface y calienta enormemente. El índice juguetón se oculta bajo la falda sin pausa pero con prisa, hasta que al magreo se unen dos dedos más, luego tres y finalmente la palma de la mano en su totalidad; que ya con total confianza al comprobar que descaradamente me dejo hacer, toma posesión del interior de los muslos, zona para mi especialmente erógena y sensitiva. El calor de su mano empieza a nublarme la mente. Creo que incluso tiembla algo dentro de mí junto a los latidos cardíacos.. —¡Vamos, así, no pares, continúa!—, le digo sin proferir palabra, como si quisiera expresarle telepáticamente la gran cantidad de barbaridades y palabras soeces que acuden a mi imaginación. Nunca hubiera pensado que podría llegar a hacer y pensar semejantes cosas y la verdad, es que me gusta dar rienda suelta a mis instintos primarios, mi alter ego más salvaje. Encantada de sentirme sucia, de no mirar atrás y abstraerme del mundanal ruido para caer en las dulces garras de la lascivia. 



 El apetecido manoseo prosigue su camino, cada vez más cerca de su objetivo (y del mío). Me muero de ganas por que esa mano atrevida alcance su meta final y cuando lo consiga, que quede empapada y perfumada con el olor de mi sexo. Ya está aquí, se introduce por debajo de mi braga como una culebra buscando su escondite. Presiona con suavidad primero y determinación después mi clítoris, que se va derritiendo como mantequilla en la sartén. Pasan los segundos, necesito gemir, suspirar… pero me contengo. No estamos solos ni mucho menos, pero también esa circunstancia aporta su plus de excitación al acercarme más a los límites de lo prohibido, de lo incorrecto… No puedo aguantar tanto placer, soy toda agua, si continúa con el mismo ritmo, no podré contenerme mucho más. El muy cabrón juguetea con mis labios vaginales. Introduce sus dedos una y otra vez. El orgasmo es inminente, me preparo a recibir su explosión. Me muero de gusto, no puedo reprimirme. Fruto del espasmo, aferrada a la butaca incluso levanto ligeramente el trasero del asiento clavando los pies en el suelo. Intento taparme la boca pero aún así, creo que la señora de la fila delante de la nuestra se ha percatado de algo. Ha estado unos segundos mirando hacia atrás pero no pasa nada, sigue atenta a la pantalla. Quiero agradecer a mi improvisado amante todo el placer obtenido; por eso, libre ya de todo pudor y todavía muy caliente, acaricio mimosa su entrepierna y paso a bajarle despacito la cremallera del pantalón. Rebusco cuidadosamente por el interior hasta que consigo extraer su miembro, duro como el mármol y candente como el hierro del herrero. Tenía un enorme deseo de tenerlo en mi mano. Lo disfruto y exploro a ciegas. La punta del glande se nota húmeda. Unas gotitas de líquido preseminal demuestran lo excitado que está, lo mucho que me desea. No será muy complicado conseguir que eyacule. Su sexo está a punto de ebullición. Lo masajeo y procedo a masturbarle mientras él no cesa de acariciarme hasta donde le alcanza la mano. Voy aumentando el ritmo con celo, agitándolo lo más discretamente posible, pero no puedo parar. Quiero exprimirlo, ordeñarlo, sentir el calor de su esperma en la palma de la mano. Un par de toques más. ¡Dame esa leche, es mía! ¡Me pertenece, la merezco! Ahora ha sido él quién se ha visto obligado a taparse la boca. La señora de delante nuevamente gira su cabeza con un molesto e indiscreto siseo de desaprobación para volver a sumirse inmediatamente en el celuloide. Juntamos nuestras manos durante varios minutos, apretándolas, mezclando los olores y fluidos que permanecen en ellas. Sin intentar mirarle a la cara, cojo mi bolso y mi chaqueta, me levanto y encamino hacia la salida plena de gozo, con una gran sonrisa de satisfacción. No me siento una depravada, ni disminuida en absoluto en la moral, todo lo contrario, me veo más mujer, liberada de muchos complejos absurdos y frustraciones enquistadas hace mucho tiempo. El que sea una mujer casada y con hijos carece de importancia. Debía haber dado un paso así mucho antes. Me siento renacida. Por cierto, la película que se proyectaba tengo entendido que ha gozado de grandes críticas y está considerada como la gran favorita para los Oscar. — Creo sinceramente que merecerá mucho la pena volver para verla de nuevo—.¿No creen?...

Copyright © 2014 Max Piquer

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4 comentarios:

  1. Muy bueno. Tengo que leer el ñibro!!!

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  2. Buenos días, he leído el relato VESTIDA PARA AMAR. Magnifico Max Piquer, narrativa elegante que hace que entiendas perfectamente a la protagonista, mis felicitaciones

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