13 may. 2015

JAZZ CLUB (Primera parte)




Poco podemos hacer en una de esas noches en las que el tedio atenaza tu mente, obligándote a la evocación de momentos pasados (no siempre mejores) o al amargo recuerdo de aquellas jodidas partidas de póker perdidas por no saber jugar las bazas que te tocaron en suerte. Unas veces cartas de tristeza, otras de desmesurada alegría. Siempre he pensado que la mayor estafa de la vida es no poder haberla ensayado previamente; sin opción alguna de modificar el guión o mejorar la interpretación.
El maullido estridente de un gato fugitivo surgiendo raudo de las profundidades de un maloliente contenedor de basura, me hace aparcar por un momento las reflexiones en las que me sumía, acompañado tan solo del sonido de mis propias pisadas o el de alguna esporádica sirena policial en la lejanía. Una pequeña porción de luna llena asoma tímida entre dos edificios ruinosos. Bajo de la acera para evitar molestar al viejo vagabundo bañado en alcohol que intenta arroparse bajo unos cartones mientras balbucea despotricando quejas ininteligibles. A mi derecha, dos almas se amparan en la clandestinidad del oscuro callejón para chutarse en vena su vital dosis de sedante mental. Apoyadas sobre un muro, vendedoras de amor con las medias rotas, rimel corrido y perfume barato me dirigen la mirada; entre la necesidad y el aburrimiento. Una de ellas, de ojos saltones, mediana edad y pelo enlacado se dirije a mi, mascando chicle. Le sonrío, bajo la mirada y continúo mi camino con mayor celeridad para no llegar a ningún sitio concreto, como el conejo blanco del cuento de Alicia. Hasta que las calientes notas de un saxofón, rompen el silencio de la noche para reavivar mi ánimo. La puerta de un viejo local acaba de abrirse de par en par, escapándose por ella brumosas nubes de humo de tabaco. Me detengo de inmediato. ¿Acaso puede existir algo mejor para ahogar devaneos existenciales que un buen trago en la tórrida barra de un club de Jazz a las dos de la madrugada?

Bajo cuatro escalones y accedo al local. Variopinta clientela. Ejecutivos de corbata aflojada y ojeras etílicas, amantes trasnochados dándose el pico en los rincones más íntimos, bohemios embriagados en la música, parejas de variada edad y donaire o tipos solitarios que, como yo, prefieren apoyar el codo en la barra y disfrutar del decorado. Tras probar el primer sorbo y casi por inercia, saco un cigarrillo. Miro al camarero que me regala una sonrisa. Me gustan los camareros elegantes, pulcros, profesionales; de los que parecen entenderte con solo una leve mirada, sirviéndote el whisky con el hielo en su precisa medida. El barman telépata asiente con la cabeza e incluso me ofrece fuego. ¡Vaya! se puede fumar, fantástico. El lugar resultaba acogedor y aún más cuando el cuarteto en escena interpreta uno de mis temas favoritos, “Harlem Nocturne”. Quizás la noche me hacía un guiño finalmente. Qué bien sonaba ese saxo tenor por cierto. Entonces, tras una cortina lateral aparece ella, acallando de inmediato los tímidos aplausos que premiaban la excelente interpretación musical precedente, arrasando la atención de todos los allí presentes. Incluyendo al gorila de la puerta, el barman y por supuesto, a mi. Incluso el grupo de ejecutivos aflojaron unos puntos más sus corbatas cuando esa deslumbrante belleza asió el micrófono con tremenda sensualidad. Comenzar a escuchar su voz y derretirme, fue todo uno. Abandono la barra copa en mano y me acomodo en una mesa frente al escenario para recrearme en esa mujer fascinante. Su voz era aterciopelada; de una calidez subyugante, embriagadora, rica en matices y poderosamente intimista. Interpreta “If you were mine” rindiendo tributo a la magistral Billie Holliday. Movía sus caderas pausadamente como a cámara lenta. El generoso escote dejaba adivinar unos pechos, sutiles, delicados; que se movían eróticos, meciéndose en la música. De vez en cuando retiraba el hermoso cabello rizado que caía sobre su cara. Sus labios rojos, relucientes, carnosos, se antojaban suculentos y su manera de acariciar el micro conseguía elevar la temperatura del bar. Espectacular. Embelesado observaba las torneadas piernas que asomaban por la abertura del vestido hasta que me pareció que fijaba su mirada en mí. Es curioso pero su cara no me resultaba extraña; al contrario, algo parecía recordarme que ya antes había suspirado con el sabor de esos labios o puede que lo esperara desde hace muchísimo tiempo atrás, no lo sé.

La actuación se me antojó extremadamente corta. El público aplaudía acaloradamente, los descorbatados sudaban, los bohemios mesaban su barba o limpiaban con esmero los empañados cristales de sus gafas “Lennon”, las parejas seguían riendo y yo no conseguía apartar de ella la mirada; hasta que desapareció de la luz del foco perdiéndose entre los rojos cortinajes del escenario.
Me levanté y pensé que era un buen momento para pedir un nuevo trago ya que mi whisky se había convertido en agua hacía ya demasiado rato. Por supuesto, mi amigo el barman mentalista tenía ya preparada la bebida y antes de sacar un nuevo cigarrillo tenía ya entre sus dedos encendida la llama con la que me lo prendió gentilmente, regalándome una caja de cerillas que exhibía el nombre del club en su cubierta. Excelente manera de tratar a los clientes, si señor. 
El ambiente era un poco sofocante, necesitaba refrescarme la cara.
¿Dónde estaría el baño?
— Por el pasillo detrás del escenario señor —
¡Vaya! ¡Pero si ni tan siquiera llegué a preguntarle! Infalible profesional sin duda. Si fuera rico le contrataría de inmediato como camarero particular. Una auténtica joya.
Adentrándome en el largo pasillo indicado, escuché lo que parecían ser unas acaloradas voces detrás de la puerta del camerino que se abre súbitamente, saliendo de su interior un corpulento hombre sin rostro con andares simiescos que no parece reparar en mí presencia.
Cierra con estrépito dirigiéndose enfurecido hacia fuera. La música ha dejado de sonar, debe acercarse la hora del cierre. Mojo mi faz, escuchando un dramático rumor de sollozos. Empujo la puerta despacio, no puedo evitar saber que ocurre en el interior. Ahí está ella, sentada frente al espejo con el rostro entre las manos. 

— Pasa rápido y echa el cerrojo por favor...  

                     (CONTINUARÁ)

Copyright © 2014 Max Piquer


RELATO INCLUIDO EN EL LIBRO "MUJER"  A  LA VENTA  EN  eBOOK ( 1,04 €)  Y  FORMATO IMPRESO  (9,86 €) EN LA TIENDA AMAZON.
    


4 comentarios:

  1. Excelente relato Max, dan ganas de seguir leyendo, felicitaciones

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  2. Quiero leerlo completo. La reseña megusto!!

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  3. Oohhh!!!
    Fenomal...
    Ahora quiero leerlo entero ...
    Jajajajajaja

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