24 oct. 2016

NOCHE DE VALPURGIS



 Desde los albores de los tiempos el hombre se ha sentido vulnerable a lo desconocido, temeroso hacia todo aquello a lo que su reducido entendimiento es capaz de procesar, analizar o digerir. Cuando la razón intenta en vano encontrar  lógica a lo inexplicable, cuando los esquemas del raciocinio se desmoronan como una figura de arena ante la furia del viento, cuando la realidad parece evaporarse como el humo que exhala una vela al apagarse, entonces los gritos se ahogan en la garganta y las piernas se niegan a obedecer las órdenes del cerebro.  He aquí el momento en el que el vello se te eriza, la sangre se congela en las venas y el sudor se torna frío porque aterrado, eres consciente de que ha llegado la hora del miedo.

Ese pánico que nos arrastra a través de paisajes sombríos, bosques tenebrosos o mansiones encantadas cuyo interior guarda horripilantes secretos y abominables maldiciones; castillos medievales que ocultan largos pasadizos sin fin;  lúgubres sótanos y  oscuros panteones poblados de espantos torturados que pululan por sus pasillos arrastrando pesadas cadenas y cuyos plañideros quejidos ocultan la luna apagando de un soplido la luz de las estrellas. 

Tétricos cementerios sembrados de lápidas cuyas cruces  asomando entre la niebla, enmohecidas y agrietadas por el devenir del tiempo, escuchan en silencio la estremecedora voz de los difuntos que bajo ellas habitan. Criaturas del Averno cuyos rostros putrefactos te someten al más estremecedor de los desvelos. Semblantes huérfanos de expresión, ojos  blanquecinos carentes de brillo y alma. Grotescos muertos vivientes ávidos de carne humana que vagan sin rumbo en macabra procesión. Desagradables figuras endemoniadas medio devoradas por los gusanos, malolientes, mutiladas; que emergen desesperadas de sus ataúdes carcomidos buscando liberarse por fin de la húmeda tierra en la que yacen condenadas para siempre tras la inapelable sentencia de la muerte.

Se acerca ya la noche señalada; marcada con  pavor en el calendario de la historia, en la cual los no vivos deciden acceder sin permiso a nuestras  pesadillas; y las brujas vuelan  montadas en sus prodigiosas escobas buscando víctimas en las que experimentar nuevos hechizos y conjuros. También orcos legendarios, monstruos del inframundo, licántropos hambrientos, fantasmas burlones y hasta regias momias egipcias que, resucitadas a través de atávicos rituales, por nada del mundo querrían perderse la aberrante celebración.

Sin embargo, no todos los hijos de la noche disfrutan de tan sanguinolenta  orgía, como esa pálida mujer que, recostada sobre la tumba de su enamorado, solloza desconsolada su añoranza; pues para ella es motivo de  profunda tristeza y melancolía el recordar a ese alma querida que, abandonada la inmortalidad, se fue para siempre.  Porque su terrible condición, el destino atroz al que vio condenada su existencia fue causada por amor. Tan enamorada estaba, tan ofuscada, que optó un día por seguir el camino de la oscuridad con tal de tenerlo para siempre a su lado.

— Aún siento el frío dentro de mí tras aquella noche en la que fuego y escarcha se conjuraron en la gran catarsis de mi alma perdida. Ya no me queda memoria para recordar la fecha en que todo ocurrió ni lágrimas que lloren el azaroso destino al que me condenaste, hace  ¿cientos de años? ¿siglos quizá? o simplemente todo se trata de un estigma impenitente que forjaste en mi espíritu para recordar al maligno que te pertenezco para toda la eternidad. No lo sé amor, no lo sé....

Tras un leve batir de alas entraste en mi dormitorio revoloteando sobre mí, reconociendo cada poro de mi piel desnuda; y en forma de bruma me rodeaste cubriéndome con tu sensual capa azabache. Sin pronunciar palabra enfocaste hacia mis pupilas tus ojos enrojecidos para robarme la voluntad y descubrir uno a uno mis deseos más inescrutables. Se paró el reloj, nada existía a mi alrededor salvo tu presencia majestuosa pellizcando mis pezones y lamiendo los labios vaginales que, babeando, suplicaban  placer. Luego ordenaste con gesto altanero a la gravedad hacerme levitar lentamente; y suspendida con las piernas abiertas, parada en el aire, me penetraste ferozmente con tu  ardiente pene ano y vagina, acercándome a las doradas puertas del éxtasis.  Un orgasmo sin fin, sobrenatural, como viajar abrazados a bordo de un colchón mágico impulsado por el éter con suspiros y palabras candentes hacia  ignotas dimensiones. Después, marcada por tus colmillos punzantes, casi desmayada por el gozo, me depositaste delicadamente sobre el lecho con esa placentera sensación de quien es rescatado del frío para dormitar reconfortado ante el acogedor calor de la hoguera crepitante. 

Ahora solo me queda vagar eternamente sin otro sentido que dar sustento a la soledad, ingrata compañera con la que convivo y que pese a su cercanía, insiste en no conocerme. Sabe bien que no me agrada el tacto de su piel ni tampoco sus consejos dañinos. Cipreses, amargura, llanto... Pétalos de desazón que gritan al viento su sorda melancolía. Descansar durante el día huyendo de los rayos del sol para renacer en la noche con la oscuridad como aliada para, como cualquier ser diabólico procedente de las entrañas terrenales, saciar mi sed con sangre inocente; dulce ambrosía que  me enseñaste  a disfrutar.

Nada es igual desde que te fuiste, mi vida;  una puta y maldita estaca clavada en tu pecho cambió el devenir de nuestro romance  Por eso mi mundo ya no es mundo sino recuerdos lacerantes con sabor a ósculos perdidos;  la pira de la pasión se reduce ya a cenizas,  pues nada ni nadie puede excitarme salvo tu sexo rampante; muero en vida poco a poco de tristeza y desamor por no escuchar ya tus voces llamándome detrás de las sombras;  presos mis oídos del silencio sepulcral que reina en esta sombría cripta en la que habito, pues existen amores tan intensos que son capaces de sobrevivir latentes, más allá de las tinieblas.


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