23 jun. 2015

LA NOCHE DE SAN JUAN




Acurrucados entre las rocas nos resguardamos del frío al calor de una hoguera. El cercano rugido del mar envuelve la noche. Una leve brisa revuelve delicadamente tu cabello, lo aparto con parsimonia para contemplar la luz de tus ojos y acariciarte los labios con las yemas de los dedos. Desabrocho tu vestido, dejo que la penumbra descubra la belleza de tus pechos, me encanta su tacto sedoso, el excitante contraste de la blancura de tu piel con esos pezones rosáceos que crecen con furia en el interior de mi boca, absorbiéndolos, mascándolos, paladeando su tensión. Acaricio cariñosamente tus muslos, ingles, hasta que el contacto con la vulva acuosa, cálida, viscosa, eriza el vello de mis brazos; siento como algo se altera dentro de mi, soy presa de la carne, de tu carne, de la dulzura de tus besos y el salino sabor que permanece en la boca tras beber con ansia los jugos que me regalas. Cuanto más deseada te sientes, cuanto más amada, mayor es el placer que otorgas. No cejaré hasta que los labios voraces de tu vagina giman de placer, hasta que me hagas conocer el punto más álgido de tu interior, hasta que tus palabras expelen vicio y provocación, hasta que se encienda como una lámpara el clítoris que juega entre mis dedos, soberbio, endurecido, altivo, haciéndote sentir la mujer más feliz del universo, la más amada, la más plena y poderosa. Empieza a soplar una cálida brisa casi sofocante, la lumbre inesperadamente quintuplica su volumen y la altura de sus llamas y con ellas, cuatro hombres desnudos parecen surgir de su interior. Se acercan hacia nosotros bailando ceremoniosamente, formando estéticas figuras con sus brazos y piernas, como si todo formara parte de algún tipo de rito ancestral. Observan complacidos nuestros juegos amorosos. Sonríen con expresión pícara, descarada pero gentil al mismo tiempo, penduleando sin pudor alguno sus descomunales penes extraordinariamente empinados, como si fueran de metal, comunicándonos con la mirada la satisfacción que les produce nuestra presencia. Me siento un tanto asombrado, aturdido, al igual que mí pareja, pero poco a poco voy tomando conciencia de la situación. Me percato de que observan hambrientos su espléndida desnudez. Confieso que percibir el deseo de otros ojos en mi chica me complace. Deseo recrearme en el morbo, disfrutar de aquello que suele ocultarse en un rincón del deseo, latente, agazapado, luchando por salir a la superficie; jugar con la fantasía, adentrándonos profundamente en busca del placer aumentado. Sin hacer una sola pausa ni aminorar el ritmo, sigo penetrándola. Ebrio de lujuria, atraigo hacia mi el culo obsceno que estrujan mis manos y tras acariciarlo celosamente de arriba abajo, sin dejar de mirar sus caras, abro sus nalgas de par en par, con la sucia intención de que los oscuros orificios que dan paso a sus entrañas se muestren a sus ojos; que no haya un solo rincón oculto a sus miradas. Quiero exhibir a mi hembra, mi trofeo, mi más preciado tesoro, mi amada, mi llama más ardiente. Su apetencia y excitación, me pertenecen. 




Uno de nuestros visitantes se acerca y pasa la mano con delicadeza por su espalda hasta que se detiene palpando la parte en donde ésta pierde su honesto nombre. Ella se sorprende y le mira extrañada, algo avergonzada pero complacida. Nos miramos a los ojos y tras fundirnos en un largo y húmedo beso, se incorpora. Ambos sabemos que hay momentos en que sobran las palabras. Los cuatro hombres la rodean examinando palmo a palmo las delicias que ofrece su cuerpo. Ella se nota cada vez más caliente contemplando las cuatro extraordinarias erecciones que giran a su alrededor. Un travieso hormigueo le recorre, poniendo su piel de gallina, licuando su sexo. Entre todos la toman en brazos y acercan a la luz de la gran pira crepitante, que tiñe de tonos rojizos cuerpos y mentes. El hombre más fornido, besándola fogosamente, le invita a postrarse de rodillas ante ellos mientras van dibujando en sus bellos labios entreabiertos la imponente imagen de sus glandes brillantes, humeantes, ya impacientes por inundar el interior de esa hembra con litros de esperma bendecidos por el flujo dorado de la misma Selene. Ella traga gustosa una tras otra esas vergas duras como el diamante con absoluta dedicación, lamiéndolas, succionándolas, besándolas, aferrándolas por sus bases, moviéndolas acompasadamente, comparando los distintos sabores, a la espera de que inunden su boca de fluido lunar. Cuando uno de ellos lo consigue, entre ecos de jadeo, se retira pausadamente para que el siguiente pueda también dejar su templada aportación en la boca receptora. Eyaculación tras eyaculación, aquellos grifos no parecían tener prisa alguna por acabar de escupir como si descargaran su contenido en un ánfora sin fondo. 


La miro, me mira, entorna los ojos con evidente expresión de gusto, de gula. Nada en ese momento podría detenerla porque su sed es insaciable. Bebe sin parar, hasta que los espesos fluidos comienzan a rebasar las comisuras de sus labios, chorreando a través de la barbilla sobre los pechos, vientre, pubis, hasta encontrar despejado el camino de su sexo. La visión me parece digna de un remoto viaje iniciático, una libidinosa alucinación. La colocan hincando rodillas y manos en la arena, adoptando esa posición tan entregada, encantadoramente vejatoria. El cuarteto de amantes se abalanza sobre ella con ansias depredadoras. Uno muerde y azota sus nalgas asiendo con fuerza su cintura. Otro come su boca sin darle respiro, un tercero juega encantado con sus pechos y el cuarto, de miembro sobrenatural, la penetra cambiando una y otra vez de orificio, provocando que el eco producido por los suspiros se confunda con el clamor de las olas. Cuando el paroxismo alcanza su más alto grado, cuando ya todos han bañado por dentro y por fuera repetidas veces a su agradecida víctima sin haber dejado un solo resquicio sin profanar, tomándola con cuidado la devuelven a mi lado con respeto y dándose media vuelta, se dirigen de nuevo hacia el fuego del que nacieron, perdiéndose en su interior. Ella, rendida por la sobredosis de placer y cansancio, esgrime una sonrisa. 
Nos abrazamos acalorados, susurrando palabras silentes, fundiéndonos en un ósculo eterno, tan sincero, tan profundo, que incapaces de describir lo vivido con simples y vulgares palabras, quedamos sumidos en un plácido sueño sobre la arena, acompañados por la brisa que acariciaba nuestra piel, el chisporroteo de unas ascuas humeantes ya casi apagadas y el sereno canto del mar. El cielo mudaba su color mientras la luna se escondía presurosa. Abriéndose camino entre las nubes, los tímidos rayos solares asoman en el cielo. Un nuevo día estaba a punto de comenzar. 

Rodeando la luz tenue y cimbreante de la gran fogata, con el solsticio veraniego arden condenados para siempre complejos, vanidades, soberbias, vergüenzas y engaños. Si de verdad crees en la magia, podrás vislumbrar en la noche de San Juan esbeltas siluetas desnudas danzando eróticos bailes, sumidas en el tórrido éxtasis que provocó en sus sexos hambrientos la llama encendida por un fugitivo destello de luna.

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19 jun. 2015

FANTASÍA



Se desnudaba muy despacio, la cabeza baja, mirando al suelo. Aún con cierto pudor, instintivamente tendía a esconder tras las manos las partes más íntimas de su cuerpo. Le costaba una barbaridad dar el paso definitivo, saltar libremente la barrera que levantaba su innata timidez. Era la primera vez que iba a prestarse a una experiencia así, a pesar de que muchas veces formó parte de sus sueños más calientes, aquellos que algunas noches le impulsaban a voltearse entre las sábanas con la respiración agitada y el sexo tan empapado como la orilla de una playa bañada por el vaivén de las olas. Sabía que estaba muy cerca de trasladar aquella fantástica ilusión a la realidad y que cuando la luz del sol despertara la mañana, sería muy consciente de todo lo sucedido la noche anterior. Ignoraba la sensación o el sentimiento que quedaría una vez enfriada la explosión de lujuria y el contenido calenturiento en el que se vio envuelta. Para bien o para mal la ficción habría dado paso a la realidad con todas sus consecuencias y eso le producía bastante inquietud. Sin embargo, se sentía capaz, dispuesta y preparada para asumir el riesgo. 

Amaba locamente a su marido, siempre se entendieron bien en la cama. La química funcionaba a la perfección, se deseaban locamente y a los dos les gustaba fantasear con nuevas experiencias sexuales. Se excitaban mucho con ello mientras hacían el amor y en sus prolegómenos. Pero últimamente sin saber ninguno de los dos la razón, sus relaciones se habían estancado, quizás por rutina o monotonía y sabía que la vida conyugal de ambos precisaba con urgencia algún revulsivo, añadir al guiso otras especias, nuevas emociones y posiblemente experimentar juegos más "atrevidos", convertir alguna de sus ilusiones más tórridas en reales, esperando con ello enriquecer su relación de pareja. Esa era principalmente la razón por la que tras muchos titubeos, había accedido a las peticiones de su hombre. Le resultaba complicado al principio entender como podía excitarle contemplar a su mujer entregarse a otro tipo, observar como lo excita, besa, acaricia, para finalmente entregarle el sudor de la piel, el sabor de su vagina y el calor de su cuerpo. Incluso pasó por su cabeza la posibilidad de que sus sentimientos hacia ella se hubieran apagado; pero él siempre le respondía que se equivocaba, que la calentura que le producía la situación en si, no era otra que la de contemplar desde fuera como su hembra le proporcionaba placer a otra persona, placer que él tan bien conocía. Apreciar su olor o el suave tacto de su piel a través del olfato y las manos del afortunado desconocido. Era como hacerle el amor a distancia a través de otro cuerpo, de otra dimensión. Finalmente, tales razones y la insistencia y entusiasmo que veía en sus ojos, terminaron por convencerla de tal manera, que en un arranque de sinceridad, le confesó que a ella también le producía un morbazo tremendo hacer el amor con un extraño en su presencia; que se trataba de una de las fantasías sexuales que más le calentaban. Todos estos pensamientos seguían fluyendo por su cabeza mientras ya semidesnuda, se cubría con el picardías que él le había regalado para lucir en tal ocasión. Quería que ella se mostrara al invitado lo más apetecible posible, como a él más le excitaba disfrutarla. Retocó su maquillaje y cabello cuidadosamente y calzando zapatos de fino tacón, se tumbó en la cama a la espera de que su nuevo amante entrara en la habitación. Su hombre lo haría poco después y sigilosamente se sentaría en un rincón de la estancia para observar sin perder detalle, según habían pactado. Cuando todo hubiera concluido, el candidato elegido se esfumaría. Nunca más sabrían de su existencia. 

Cuando el extraño abrió lentamente la puerta del cuarto, su corazón comenzó a palpitar como loco. Un par de minutos después, que le parecieron eternos, comenzó a sentir como tras quitarle ceremoniosamente los zapatos, pies y piernas eran masajeados con espectacular maestría; con delicadas friegas que a medida que iban avanzando hacia los muslos se hacían más y más irresistibles. Un manantial de flujo comenzó a empapar la braguita de encaje que cubría su sexo y como activada por un resorte, le ayudó a arrancársela literalmente, agarrándole firmemente las manos. Después las dirigió sobre sus senos con el fin de que los sobara y apretara Estaba fuera de si, creía morir de calentura. Nunca antes había conocido semejante sensación de impudicia. Entre jadeos, le preguntó su nombre y solo obtuvo una parca repuesta: ─Tom─ le contestó, respirando agitadamente. En respuesta, ella abrió las piernas de par en par y colgándose de su cuello varonil le obligó a tumbarse sobre su vientre. Le encantó su forma de besar, su aliento, el frescor de sus labios; al tiempo que palpaba la dureza del miembro que presionaba una y otra vez su pubis. Sin mayor preámbulo asió ese pene enorme, comprobó el grosor de las venas que marcaban su textura, la alta temperatura de su piel, su suavidad…y con resolución y avidez lo hundió hasta el fondo de su ser. Creyó explotar de satisfacción, nunca se sintió tan bien follada. Agotaron casi todas las posturas del Kamasutra, alcanzó orgasmo tras orgasmo hasta que transpirando con el cabello calado y totalmente agotada, se quedó profundamente dormida. Pasadas unas horas, el sonido del picaporte de la puerta la despertó súbitamente, 

Aún exhausta y atontada, abrió los ojos con pereza. El reloj de la mesilla marcaba las 7:30, amanecía. Confusa, se incorporó y sentada en la cama miró fijamente al hombre que acababa de entrar en el cuarto y se dirigía hacia ella. Su marido, esgrimiendo una gran sonrisa. ─¡Buenos días cariño! No tienes cara de haber dormido muy bien ¿verdad? Te has movido mucho durante toda la noche, pensé que tendrías alguna pesadilla. Se me hace tarde, me voy a currar; pero antes tengo algo que decirte, ¡Ya tenemos al candidato perfecto para cumplir nuestro excitante deseo!... Contactamos anoche por Internet, le hablé de nuestro juego y le encantó la idea. Te describí físicamente, él también lo hizo, le encanta la higiene y parece estar muy bien dotado, además. Te gustará, es un tipo amable y respetuoso. Le he dicho que venga esta noche a cenar y tomar unas copas. Lo pasaremos bien. Ya tiene nuestra dirección. Será puntual, estoy seguro. Le pasé unas fotos tuyas… ¡Le encantas! No olvides ir a la peluquería. Pide por teléfono al restaurante de la esquina algo para la cena y te pones la lencería que te regalé. ¡Será una gran noche! Ah, se llama Tom. Bueno, ciao amore, estoy deseando de que llegue la hora. Mmmm…Me pongo bruto solo de pensarlo. Dicho esto, se puso la chaqueta, cogió su maletín y se marchó sonriendo ajustándose la corbata. Ella no pudo pronunciar ni una palabra. Petrificada, solo pudo asentir con la cabeza. 

 Si alguna vez decides recorrer los misteriosos caminos que llevan al origen del deseo, nunca debes olvidar que, en ocasiones, el caudaloso río de la imaginación se desborda con tal virulencia que hasta puede ser capaz de vulnerar el límite de los sueños. Las fantasías pueden resultar confusas cuando dejan de serlo.


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15 jun. 2015

TALISMÁN


A caballo entre sueños y febriles despertares, cada noche busco a tientas tras la sombra de tu encanto, esa braguita suave que a propósito, olvidaste bajo la almohada. Y disfruto el embriagador perfume que en ella dejaste escrito. Olor a ti, sensual como una carta de amor, fresco como gotas de escarcha, dulce como una fresa recién cortada, húmedo y salobre como el agua de mar. Viajando perdido a través de los vastos senderos del recuerdo, revivo aquél momento en el que te despojaste de ella, deslizándola a través de tus piernas armoniosas con embrujo y parsimonia, hechizando, como si de un misterioso y fascinante ritual se tratase. Hambrientos, ansiosos, perdidos en los etéreos laberintos del deseo, dejándonos llevar por aquellos sentimientos que nos ahogan cuando más irrefrenable se vuelve la pasión que nos envuelve. 

Esa braguita suave, mi más preciado talismán. Mágico amuleto que con solo rozar con los dedos levemente su tibio encaje, impregna con tu encanto la atmósfera que me rodea; encandilando el aire que respiro con la luz de tu mirada. Bordando con oro y brillantes la sábana sedosa que durante la noche cubre de melancolía la forma de tu presencia.
Y quise morir de placer y esconder el rostro entre tus muslos, hundir la boca en tu vagina, rastrear cada milímetro de clítoris con la punta de la lengua, mamar de tus senos maternales, mordisquearte el cuello como un vampiro ávido de sangre y abrir sin oposición alguna las tres húmedas puertas que conducen a ese paraíso que guardas celosamente en el interior de tu cuerpo. Y una vez dentro, rellenarte por completo con el lechoso jugo que escupido en cada pálpito, se torna incandescente al contacto con las paredes de tu alma. 

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12 jun. 2015

BESOS



Cortos, largos, apasionados, eróticos. Incansables portadores de amor y deseo. Luces de intimidad. Infalibles armas de seducción. Ósculos de extrema sensibilidad. Ancestrales como el amanecer del mundo, Inmortales como dioses .Tan delicados que parecen acariciar con mimo el sedoso pelaje de un gato persa; tan fogosos como el enojado rugido del volcán. Lujuriosos, lascivos, capaces de descubrir sentimientos sorprendentes; ignotas sensaciones perdidas en el onírico laberinto de nuestras profundidades. 

Pactos de complicidad, arrebato y desenfreno; de súplica o indulgencia. Entierran rencores o resentimientos porque abren los ojos del alma. Enfoca la mirada, entorna los ojos, piérdete, abre bien la boca y deja que se junten sensualmente los labios. Muérdelos con dulzura. Ofrece tu saliva, bebe la suya. Que las lenguas se entrelacen; que dibujen círculos y elipses en paladares húmedos y el envés de las mejillas. Que pululen por el cuello, el lóbulo de las orejas; que rindan tributo a los pechos, succionen pezones y se tomen un respiro jugueteando con el ombligo. Que recorran los pies dedo a dedo, trepen por las rodillas y como los panes y los peces, se multipliquen en la mórbida dulzura de unas nalgas entregadas. Como colofón, el beso secreto, profundo, estrujado sobre el coño latente. Permite que se prolongue en el tiempo hasta que los labios dejen para siempre su emotiva marca, bordada con hilo de oro en los confines de la libido y el inapelable veredicto del recuerdo.

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5 jun. 2015

SESIÓN DE TARDE



La sala se va llenando, una amalgama de murmullos en crescendo acompaña el sonido de múltiples pisadas sobre el largo pasillo del patio de butacas. Leves crujidos de madera, pisadas firmes y tacones de aguja que parecen clavarse en el suelo. Con sus entradas en la mano, la gente espera con impaciencia la llegada del acomodador que les indique la butaca correspondiente; mientras los menos pacientes buscan las suyas por su cuenta y riesgo. El aroma de ambientador cutre enmascara una gran diversidad de fragancias femeninas y masculinas, palomitas de maíz y goma de mascar. Inconfundible olor a tarde de domingo. Las luces se apagan lentamente mientras los cortinajes dejan ver la blanca palidez de la pantalla, que por arte de magia comienza a exhibir imágenes. Suena una música tranquila. Tengo calor. Súbitamente algo comienza a serpentear en mi interior, algo salvaje que me hace estremecer. Intento acomodarme de nuevo en la butaca. Sin querer, toco con la pierna levemente la del hombre que está sentado a mi derecha, no sé porqué; pero siento un escalofrío. No parece haberle dado mayor importancia, sin embargo a mi me ha gustado ese contacto. Me está excitando muchísimo la idea de “ser mala” durante un ratito en mi vida, en la que siempre flotó en mi mente el fantaseo de llevar a cabo alguna travesura prohibida. Sé que esta es la ocasión. La oscuridad es mi motivación y mayor aliada. Me asombra mi osadía, pero quiero hacerlo de nuevo, necesito provocarlo, ver hasta donde es capaz de aguantar. Me está mirando de reojo, puedo sentirlo, está pendiente de mí. Dejo caer el bolso y al recogerlo finjo perder algo de equilibrio y permito que mi mano se pose veladamente sobre su muslo. Me gustaría seguir hasta la entrepierna, adivinar lo que oculta; pero me contengo, no quiero asustarle ni atosigarle, no todavía. Nos miramos, pero el velo de las sombras nos borra el semblante. Poco importa, las tinieblas alimentan la pasión y nublan el entendimiento. Me acomodo, busco el reposabrazos y dejo que la mano descanse distraída unos segundos sobre la suya. Es cálida y suave. Acalorada, retiro mi bolso de las rodillas, lo dejo a un lado. Ahora siento las piernas libres y vulnerables. Con la sutileza de una bailarina árabe, me recoloco las medias, las estiro con sumo cuidado hasta la ingle. La falda parece volverse invisible, no la necesito, desearía en este momento estar desnuda porque así nos sentimos yo y mi vergüenza. De repente comienzo a notar un dedo tímido que medio disimulando me recorre la pierna ascendiendo desde la rodilla. Se me eriza la piel. Ha recogido el testigo, lo cual me satisface y calienta enormemente. El índice juguetón se oculta bajo la falda sin pausa pero con prisa, hasta que al magreo se unen dos dedos más, luego tres y finalmente la palma de la mano en su totalidad; que ya con total confianza al comprobar que descaradamente me dejo hacer, toma posesión del interior de los muslos, zona para mi especialmente erógena y sensitiva. El calor de su mano empieza a nublarme la mente. Creo que incluso tiembla algo dentro de mí junto a los latidos cardíacos.. —¡Vamos, así, no pares, continúa!—, le digo sin proferir palabra, como si quisiera expresarle telepáticamente la gran cantidad de barbaridades y palabras soeces que acuden a mi imaginación. Nunca hubiera pensado que podría llegar a hacer y pensar semejantes cosas y la verdad, es que me gusta dar rienda suelta a mis instintos primarios, mi alter ego más salvaje. Encantada de sentirme sucia, de no mirar atrás y abstraerme del mundanal ruido para caer en las dulces garras de la lascivia. 



 El apetecido manoseo prosigue su camino, cada vez más cerca de su objetivo (y del mío). Me muero de ganas por que esa mano atrevida alcance su meta final y cuando lo consiga, que quede empapada y perfumada con el olor de mi sexo. Ya está aquí, se introduce por debajo de mi braga como una culebra buscando su escondite. Presiona con suavidad primero y determinación después mi clítoris, que se va derritiendo como mantequilla en la sartén. Pasan los segundos, necesito gemir, suspirar… pero me contengo. No estamos solos ni mucho menos, pero también esa circunstancia aporta su plus de excitación al acercarme más a los límites de lo prohibido, de lo incorrecto… No puedo aguantar tanto placer, soy toda agua, si continúa con el mismo ritmo, no podré contenerme mucho más. El muy cabrón juguetea con mis labios vaginales. Introduce sus dedos una y otra vez. El orgasmo es inminente, me preparo a recibir su explosión. Me muero de gusto, no puedo reprimirme. Fruto del espasmo, aferrada a la butaca incluso levanto ligeramente el trasero del asiento clavando los pies en el suelo. Intento taparme la boca pero aún así, creo que la señora de la fila delante de la nuestra se ha percatado de algo. Ha estado unos segundos mirando hacia atrás pero no pasa nada, sigue atenta a la pantalla. Quiero agradecer a mi improvisado amante todo el placer obtenido; por eso, libre ya de todo pudor y todavía muy caliente, acaricio mimosa su entrepierna y paso a bajarle despacito la cremallera del pantalón. Rebusco cuidadosamente por el interior hasta que consigo extraer su miembro, duro como el mármol y candente como el hierro del herrero. Tenía un enorme deseo de tenerlo en mi mano. Lo disfruto y exploro a ciegas. La punta del glande se nota húmeda. Unas gotitas de líquido preseminal demuestran lo excitado que está, lo mucho que me desea. No será muy complicado conseguir que eyacule. Su sexo está a punto de ebullición. Lo masajeo y procedo a masturbarle mientras él no cesa de acariciarme hasta donde le alcanza la mano. Voy aumentando el ritmo con celo, agitándolo lo más discretamente posible, pero no puedo parar. Quiero exprimirlo, ordeñarlo, sentir el calor de su esperma en la palma de la mano. Un par de toques más. ¡Dame esa leche, es mía! ¡Me pertenece, la merezco! Ahora ha sido él quién se ha visto obligado a taparse la boca. La señora de delante nuevamente gira su cabeza con un molesto e indiscreto siseo de desaprobación para volver a sumirse inmediatamente en el celuloide. Juntamos nuestras manos durante varios minutos, apretándolas, mezclando los olores y fluidos que permanecen en ellas. Sin intentar mirarle a la cara, cojo mi bolso y mi chaqueta, me levanto y encamino hacia la salida plena de gozo, con una gran sonrisa de satisfacción. No me siento una depravada, ni disminuida en absoluto en la moral, todo lo contrario, me veo más mujer, liberada de muchos complejos absurdos y frustraciones enquistadas hace mucho tiempo. El que sea una mujer casada y con hijos carece de importancia. Debía haber dado un paso así mucho antes. Me siento renacida. Por cierto, la película que se proyectaba tengo entendido que ha gozado de grandes críticas y está considerada como la gran favorita para los Oscar. — Creo sinceramente que merecerá mucho la pena volver para verla de nuevo—.¿No creen?...

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1 jun. 2015

SOLO PARA TUS OJOS


La 1:30 de la tarde, como siempre luchando contra el reloj, deseoso de encontrar ese agujero en el tiempo que me permita dar a un respiro a mí cansado cerebro. Unos minutos, tan solo unos minutos serán suficientes para recomponer ideas, dar un respiro al cuerpo y un poco de relax a la mente. Una pequeña parada antes de regresar a este nuevo trabajo que a fuerza de novedad, me parece ya demasiado viejo.
En estas reflexiones me hallaba, cuando una inoportuna lucecita me recordó lo que en esos instantes me parecía irrecordable. Mi gran amiga Esther, compañera de juegos infantiles, sentimientos, risas infinitas y también amargos momentos, me había invitado el día anterior amablemente a su fiesta de cumpleaños. ¡Mierda! había olvidado absolutamente que tenía esa cita ineludible esa misma noche y estúpido de mi, no le había comprado regalo alguno.
Joder, miro el reloj y me ofusco. Todos los comercios cerrados, solo me quedaría la opción de acudir a los almacenes del múltiple triangulito. La opción no me seducía en absoluto en esos momentos. Es un lugar que me agobia pero no me quedaban muchas más opciones; además soy nefasto para elegir regalos y menos aún empujado por las prisas. Camino pensativo por la acera mientras contemplo distintos escaparates. Era evidente que en una zona de alta alcurnia como aquella, los distintos comercios emparejaban a la perfección con la supuesta elegancia del barrio y también con los precios que ofertaban por cierto. Me paré instintivamente ante una tienda que exhibía sugerentes modelos de lencería. Ese sería un regalo siempre apreciado por una mujer y conociendo a Esther, sin duda resultaría de su agrado (aunque desconozco sinceramente si a su marido le parecería muy adecuado el regalito).
De pronto, un infernal ¡¡Raaaassss!!! me deshace el oído a mí y a una pobre ancianita que casualmente pasaba a mi lado. La dependienta de la tienda forcejeaba con el pesado cierre para dar por finalizado el trabajo mañanero. Me acerco y le ayudo a bajar la persiana metálica en su totalidad. Me mira, regala un tímido "gracias" de amable sonrisa y se agacha con elegancia para echar el cerrojazo definitivo con llave de por medio. Me quedo absorto contemplando los bonitos muslos que mostraba al mantener esa postura que por sexy y espontánea, se me antojaba muy sugerente.

—¡Lástima que estés cerrando! por favor, tengo que hacer un regalo y carezco de tiempo. Se trata de un compromiso importante y no puedo quedar mal, no tardaré mucho—

Su bonito rostro (cabello castaño recogido en elegante moño, exquisita nariz, labios carnosos, delicados y cierta tristeza en la mirada) se volvió hacia mí, quedó unos segundos pensativa y contestó con dulzura y gentileza, al tiempo que se incorporaba.

— Me pillas un poco hambrienta (dijo sonriendo), pero si no tardas mucho en elegir o tienes una idea más o menos clara de lo que quieres, puedo abrir la tienda de nuevo y atenderte—.

¡Justo lo que deseaba mi imaginación!, Tal vez a partir de ese instante, el día daría un giro de 180 grados. Lo cierto es que me vi salvado, como el náufrago que avista tierra sin esperarlo.

— Si me lo permites, conozco un restaurante a una manzana de aquí que sirve una
excelente comida. Son amigos y me prepararán algo para que podamos picar mientras elijo el regalo ¿Te apetece? —

Volvió a quedarse unos segundos pensativa y finalmente asintió con
 la mirada.  Subí el cierre de la puerta, entró en el establecimiento y me rogó que tardara lo menos posible en volver con las viandas. Cuando regresé, el interior de la tienda me impactó bastante, No era el típico comercio estándar, impersonal; rezumaba glamour y elegancia por las paredes. Incluso en el fondo del local había un amplio sofá de piel flanqueado por sendos sillones a juego y una bonita mesa en el centro, coronados por una gran lámpara tipo “araña” que aportaba majestuosidad al ambiente. Me senté en uno de los sillones, ella lo hizo frente a mí mientras nos disponíamos a dar buena cuenta de una docena de ostras,
ensaladas de frutas, empanadillas de carne y aquella botella de Don Perignon que tenia reservada mi amigo el chef para alguna buena ocasión. Y ésta, se me antojaba inmejorable.

— Mejor no encender luces, no quiero que nadie sepa que estamos aquí. Se supone que la tienda está cerrada — me dijo— Me parece perfecto— asentí, mientras abría el tapón de la botella intentando hacer el menor ruido posible. Sacó su teléfono e hizo una llamada al tiempo que soltaba su cabello, exhibiendo una preciosa melena ondulada.

— Hola cariño, no me esperes… tengo problemas con unos albaranes y me quedaré a comer algo por aquí cerca. Tienes comida en el frigo, sólo tienes que calentarla. Ciao un beso cielo.

Al ritmo que marcaban nuestras miradas, cada vez más cómplices, cada vez más sugerentes, brindamos, charlamos, reímos y un rayo de pasión contenida pareció atravesarme. Intuía que a ella le ocurría algo similar.

— Bueno... (dijo de pronto, rompiendo uno de mis acostumbrados silencios), ¿A quién irá destinado el regalo? ¿Tu mujer?...ufff discúlpame, creo que el champagne se me ha subido un poquillo a la cabeza — (sonríó)

— Eres una mujer de mucha clase, salta a la vista— (le respondí). Así que recomiéndame algo... algo que a tí te gustaría que te regalasen. ¿Te parece?—

Asintió, guiñándome un ojo. Copa en mano se dirigió hacia un mueble de múltiples cajones, extrayendo una caja grande con bonitos colores y atractiva apariencia.

— ¿Qué te parece este conjunto de sujetador, corpiño, tanga y liguero? Acaba de llegar y particularmente, me parece irresistible mmm… Mira que preciosidad, qué tacto. Es de "Luxxa", una firma francesa; me encantan sus diseños y además no están mal de precio.
¿Qué talla usa tu mujer?—

—Mi amiga— contesté rápidamente, (la situación acompañada de vapores etílicos me empezaba a poner un poco cardíaco y decidí tirar para adelante y lanzarme de cabeza a la piscina (cuando esto ocurre ni mi natural timidez es capaz de detenerme, me pierdo)

— ¿Talla? Pues… no sé, ella es bastante parecida a ti, pero me resulta difícil hacerme una idea sin verlo puesto.


Las miradas se fundieron en complicidad, se acercaron nuestras pupilas, que por momentos, parecieron tocarse. Un cosquilleo emergió, una especie de ansiedad que me indicaba que algo importante iba a suceder. Sé que a ella también le ocurrió lo mismo, lo sé.
Tomó las prendas y se dirigió a la trastienda. No sé si pasaron segundos, minutos u horas pero tuve tiempo de apurar la botella y fumar un cigarrillo mientras esperaba con lascivia el momento de su aparición. En primer lugar, lentamente, surgió la silueta de su cuerpo sombreando el suelo enmoquetado para dar paso a la ilusionante visión esperada. ¡Estaba preciosa!,¡Espectacular! Su cuerpo era delicado, curvas espléndidas, pechos prominentes, proporcionados, su ombligo se me antojaba una golosina, las caderas simplemente divinas, anchas, muslos potentes y piernas sin final. Su sexo se adivinaba pícaramente bajo el tanga. Comencé a excitarme al tiempo que la observaba y disfrutaba de la visión con suma atención.

— ¿Te gusta?— dijo con esa dulzura pícara que utilizan las mujeres cuando deciden conquistar el mundo.

—Ummm delicioso, delicioso— contesté (no supe elegir otro adjetivo para definirlo).
Dentro del morbo y deseo que me estaba produciendo, quise disfrutarlo a tope, le pedí que se diese la vuelta, que combinara poses, que me mostrase cada rincón, cada detalle como si de una sesión fotográfica se tratara. Y lo hizo ¡Vaya si lo hizo! Un perfecto desfile particular para mis ojos.

— Quizás ahora prefieras verlo...sin sujetador; para hacerte mejor a
la idea...

Comenzó a quitárselo muy despacio, como si efectuara un espectacular streaptease, sin pudor, encendiéndome, haciendo a mi sexo hervir, crecer y desear el de esa maravillosa mujer que se ofrecía ante mis atónitas pupilas. Sus ojos suplicaban amor y sus pezones atención y cuidados. Me levanté del sillón como impulsado por un resorte, la tomé con fuerza de la cintura y besé su labios. Ella se dejaba hacer, aferrándose a mi, rozando mi nuca con las uñas. Su piel era suave como algodón, sus nalgas se convertían en una bendición divina para el sentido del tacto y deseaba poseerla con insoportable impaciencia. La recosté sobre el sofá y tras besarla de nuevo, deslicé las palmas de mis manos desde su cara, manoseando sus senos, su cintura, su vientre hasta encontrar el tanga que me impedía llegar a su vagina semi oculta por el delicado tejido que lo guardaba.
Con parsimonia, reprimiendo mi voracidad, lo bajé cuidadosamente hasta hacerlo caer resbalando por sus finos tobillos. Finalmente tenía frente a mí su deliciosa vulva rasurada en todo su realce. Los labios vaginales grandes, húmedos, jugosos parecían querer hablarme, contarme mil historias a cual más tórrida, más lasciva, más sentimental.  Un auténtico lujo que besé con ternura primero... para pasar a saborearlo después; al tiempo que sus jadeos y suspiros me enloquecían más y más. Necesitaba hacerla feliz. Que se retorciera de placer al sentir gritar su clítoris violado por la punta de mi lengua. Me desnudé a toda prisa y puse el pene en su mano. Lo agarró sin dudarlo y tras calibrarlo detenidamente, me pidió que la penetrara ofreciéndome un preservativo que sacó de su bolso. Tras colocarlo en mi miembro con singular maestría, sin pensarlo dos veces, le separé las piernas delicadamente y me hundí en su cuerpo, gozando su calor, al ritmo que dictaban nuestros corazones. No importaba nada, solo placer, emoción, pasión, deseo, caricias, besos, mordiscos, todo sencillo con la poesía de su cuerpo y el movimiento rítmico que nos llevaba con premura hacia el orgasmo más extraordinario. Compartimos el mismo sentimiento, el mismo placer que nos dejó exhaustos haciéndonos caminar sobre algodonales cósmicos.

— Gracias por todo; por la rica comida, la agradable compañía y sobre todo por hacerme sentir tan feliz, tan deseada — dijo perdiendo la mirada en el suelo con tristeza—.

No supe que contestarle, solo acerté a sonreír y despedirme besando la mano de esa mujer encantadora que, con paso acelerado, desaparecía de mi vista. Salí muy satisfecho y pletórico de aquella tienda mágica. Miré el reloj, llegaba tarde al trabajo pero sinceramente, me importaba una mierda porque continuaba flotando, en éxtasis total. Todo me parecía increíble pero como prueba fidedigna llevaba bajo el brazo un bonito presente para mi querida amiga, el corazón agitado, fragancia a "Ô de Lancôme" y un inquieto regusto melancólico presente en el cerebro y la entrepierna. Una especie de "enamoramiento express" que vibraba en el estómago combinado con unas ganas locas de volver a verla y sentirla; pero mi sexto sentido (fiel compañero que no suele equivocarse) me aconsejaba desistir totalmente de la idea y simplemente disfrutar de su recuerdo. Hay cosas que no se deben alterar ni mucho menos insistir en ellas ni forzarlas. Sorpresas que de vez en cuando te regala la vida;  y no debemos preguntarnos el porqué. Tampoco deben contarse. o alardear, pues no se debe perder el respeto ni enojar al destino.  Al fin y al cabo a nadie le importa ni nadie lo creería. ¿Qué más da?

Copyright © 2014 Max Piquer


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